La tormenta arrasó Mi tragedia griega Hoy en mi ciudad Mirada al interior de un tenderete. Saber hacia donde ir
LA TORMENTA ARRASÓ
Aquel año habitamos el verano entero en el camping frente al mar. El aire olía a sal y pino, y las noches se llenaban de risas que se apagaban al ritmo del oleaje. Pero una madrugada, ya a finales de septiembre, nos despertó el tamborileo de la lluvia sobre la lona. Eran gotas gruesas, pesadas, que caían con la insistencia de quien quiere borrar el silencio. En cuestión de minutos, los canalillos cavados alrededor de la tienda se convirtieron en riachuelos desbocados. La lona, empapada hasta el alma, comenzó a rendirse: su piel impermeable cedía por momentos, dejando filtrar el agua en pequeñas salpicaduras que olían a tierra y a miedo.
La tormenta crecía. Afuera, el viento agitaba los árboles con una furia de animal herido. Dentro, nos miramos sin palabras: no había manera de seguir allí. Recogimos lo imprescindible y partimos.
El limpiaparabrisas luchaba en vano contra la cortina densa del aguacero. Las luces del coche apenas arañaban la oscuridad y el tráfico, detenido, parecía una procesión de sombras resignadas. Poco a poco, con el corazón en vilo, nos acercamos a la ciudad.
Esa noche nos costó dormir, aún temblando del sobresalto. Pero el techo firme nos ofrecía algo que habíamos olvidado valorar: la seguridad de lo seco, lo estable, lo conocido.
Al amanecer, todo había cambiado. El cielo amaneció limpio, de un azul casi insolente. El aire olía a nuevo, a promesa. Si no fuera por los charcos que espejeaban las aceras, las ramas partidas y el rastro húmedo de las hojas caídas, nadie habría sospechado la violencia de la noche anterior.
Regresamos al camping. El sol brillaba sobre las lonas aún húmedas, y los últimos veraneantes recogían los restos del estío.
Ese día, sin decirlo, comprendimos que el verano había terminado.
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TRAGEDIA GRIEGA
Relato publicado en EUROPALABRAS el 11 de Noviembre de 2011En el espacio Europa en 100 palabras (Ayuntamiento de Cantabria)
Fui Urano, revoloteando por un cielo que parecía plácido, antes de tornarse gris y enrarecido hasta hacerse irrespirable.
Busqué la luz en una oscuridad de silencio y me encontré con Zeus, en plenatormenta de vanidades y enredos.
Si un día fui Ave Fénix para resurgir de las cenizas del dolor del menosprecio y de la rabia de la trampa, hoy el rescoldo de un calor que me abrasa, me convierte en Atenea, para acabar con la farsa de una estúpida comedia digna del creador Esquilo.
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HOY EN MI CIUDAD
Siento la lluvia caer, lenta al principio, como si dudara entre marcharse o quedarse a consolar las calles.Trae consigo una carga de melancolía antigua, una música suave que despierta recuerdos dormidos en los rincones del alma.Mis plantas, sedientas desde hace días, alzan sus hojas como manos que reciben un milagro.El agua corre entre las macetas y se cuela por las grietas del suelo, devolviendo al jardín su pulso, su respiración verde.Y yo, que también andaba reseca por dentro, necesito este respiro.La tormenta se aproxima; la oigo llegar con su voz de trueno y tambor.Se adueña del aire, conquista el ritmo del goteo, y poco a poco su fuerza se impone como un corazón que late afuera y adentro al mismo tiempo.El olor a tierra mojada me envuelve, denso y amable.Tiene algo de infancia, de casa, de regreso.Abro la ventana, dejo que me salpique el rostro, y por un instante, todo se aquieta: el ruido de la ciudad, el peso del día, la prisa.Respiro hondo.El aire fresco me atraviesa y siento que, en medio del aguacero, la paz también cae.
Busqué la luz en una oscuridad de silencio y me encontré con Zeus, en plenatormenta de vanidades y enredos.
Si un día fui Ave Fénix para resurgir de las cenizas del dolor del menosprecio y de la rabia de la trampa, hoy el rescoldo de un calor que me abrasa, me convierte en Atenea, para acabar con la farsa de una estúpida comedia digna del creador Esquilo.
HOY EN MI CIUDAD
MIRADA AL INTERIOR DE UN TENDERETE
El reflejo de los Encantes
Este fin de semana de junio haré de cicerone por Barcelona. Elena, mi hermana mayor, llega a la ciudad para asistir a la inauguración del nuevo centro comercial del mercado de Los Encantes, donde Julia, la pequeña, vendedora desde hace años, estrenará local. Han trasladado el mercado al llamado Bosquet dels Encants, cerca del Teatro Nacional de Catalunya, en una confluencia de calles donde el tráfico nunca duerme. Siempre fue un hervidero de vida, un corazón palpitante de voces, objetos y sueños usados. Con esta remodelación —dicen— el mercado brillará como nunca.
Me gusta el nombre de Encantes. Investigué su origen y descubrí que proviene del vocablo occitano encant, “pregón”, palabra que en sí misma encierra un eco de canto, de anuncio, de magia. Los pregoneros, en las subastas públicas, eran los encargados de proclamar a gritos la llegada de la mercancía, esa liturgia bulliciosa del comercio callejero. En Barcelona, este traslado no es solo un evento urbano: es un hito histórico. Los Encantes han vivido en la Plaza de las Glorias desde 1929, cuando la ciudad se engalanó para la Exposición Universal. Pero más allá de los titulares y la arquitectura, este cambio toca una fibra íntima en mi familia.
Mi abuelo, tras la posguerra, se estableció como feriante. Montaba y desmontaba su tenderete cada día, bajo el sol, el viento o la lluvia. Era drapaire, trapero, rescatador de historias perdidas. Muebles viejos, ropas de otros cuerpos, libros que habían dormido décadas en estanterías olvidadas… todo volvía a tener una oportunidad entre sus manos. Mi madre creció bajo aquellas lonas humildes, entre cajas, barro y regateos, heredando el coraje y la paciencia de su padre. Ahora es Julia quien sostiene el legado. Ha dado un paso más: se ha especializado en antigüedades. En sus manos, el pasado no se oxida, se pule.
En pocos días, según el calendario del Ayuntamiento y sin vuelta atrás, se instalará en el nuevo recinto. A un lado quedarán las viejas lonas, gastadas por la intemperie, saturadas de recuerdos familiares. A otro, la promesa de un futuro brillante bajo una marquesina de acero y espejos, donde más de cien mil visitantes se reflejarán cada semana.
Hoy el cielo luce claro. Después de comer, los tres hermanos paseamos sin prisa por la escultura metálica del pez de Gehry, junto a las torres Arts y Mapfre. El aire huele a mar y a historia reciente. Barcelona todavía guarda, en sus avenidas, el eco de aquel 1992 que la abrió al mundo. Al acercarnos a los nuevos Encantes, un haz de luz nos sorprende. Brota desde la cubierta, un polígono de espejos dorados que parece flotar sobre el aire. Es la obra del arquitecto Fermín Vázquez: un techo que refleja la vida como si quisiera multiplicarla. Miramos hacia arriba y nos vemos reflejados, diminutos, suspendidos entre el cielo y el cobre. Nos parece un manto protector, un capisayo de futuro. Bajo él latirá la misma esencia del mercado, aunque con otros rostros y otras lenguas.
—Julia, me gustan mucho las instalaciones —dice Elena—. Ya era hora de que pudieras trabajar con más comodidad.
—Tienes razón —responde ella—, pero el cambio siempre da miedo. Temo que el mercado pierda su alma. Aquí convivían voces de toda la vida, y ahora llegan nuevos comerciantes, muchos de ellos emigrantes, que traen sus propias historias. Todo cambia, y no sé si el aire de antes sobrevivirá bajo tanto brillo.
Nos señala la explanada de la planta baja.
—Allí irán los puestos ambulantes. Ojalá la crisis no paralice las ventas; ya se siente su zarpazo.
La escucho y me viene un destello de infancia.
—¿Recuerdas, Julia, cuando corríamos entre los tenderetes del abuelo?
—Claro —dice ella, sonriendo con los ojos—. Éramos felices entre los trastos viejos.
Y lo éramos. Entre maderas, bronces, libros y juguetes rotos, aprendimos a imaginar el alma secreta de las cosas. Yo leía todo lo que encontraba: enciclopedias, cómics, revistas ajadas. Me gustaba pensar que cada objeto tenía una segunda vida esperándonos, como nosotros, que también éramos hijos del reciclaje del tiempo. El abuelo nos llevaba a las subastas. Compraba por lotes y luego revendía. Tenía fe en ese juego antiguo del a viva voz, donde el valor se decide en segundos y el destino cambia con un gesto. Decía que esas subastas desaparecerían algún día.
—Para nada —replica Julia, avivando la conversación—. Las subastas siguen vivas. Aquí mismo, en el patio central, los lotes se exponen y los comerciantes pujan como siempre. Es lo que mantiene el espíritu del mercado. Este sistema de almoneda es único, ni Londres ni París nos superan. Bajo esta cubierta de cobre y zinc, el pasado y el futuro se reflejan uno en otro.
Hoy el día se levanta gris.
Anoche llovió con furia. El cielo cambiante de primavera descarga su humor sobre la ciudad.
Elena y yo nos dirigimos al mercado para ayudar a Julia a preparar la inauguración.
Pero al llegar, algo nos descoloca: sirenas, cintas de policía, bomberos, y una multitud expectante.
—Una inundación —dice alguien—.
La tormenta ha desbordado el sistema de drenaje. Los sótanos, el aparcamiento y los locales han quedado anegados. Las aguas se llevaron muebles, lámparas, antigüedades… sueños. La inauguración queda suspendida.
La vida —pienso— es una ruleta que gira sin avisar. A veces el azar lanza el dado equivocado y nos deja sin palabras.
Elena tuvo que marcharse.
Julia, resignada, intentó salvar lo posible. Pero muchas piezas quedaron inutilizadas: consolas, espejos, banquetas… reliquias de una historia que parecía maldita. Y yo, contemplando el desastre, sigo haciéndome la misma pregunta: ¿Cómo pudieron resistir durante décadas las viejas lonas del abuelo —telas humildes que enfrentaron viento, sol y granizo—, y sin embargo, un techo de diseño vanguardista, de cobre y acero, pensado para el futuro, cede ante la primera tormenta?
Quizá, como escribió Antoine de Saint-Exupéry, “lo esencial es invisible a los ojos”.
A veces la belleza no está en el brillo del metal ni en la perfección arquitectónica, sino en la resistencia callada de lo sencillo. Y mientras miro el reflejo del cielo en los charcos del mercado, siento que el alma de los Encantes —esa que nació bajo las lonas del abuelo— aún sigue viva.
SABER HACIA DONDE IR
Qué vida esta, tan cansina. Conceptos interesantes del libro de la Gramática vital de José Carlos Aranda.
Tus intenciones y tus proyectos tienen que inter actuar con las intenciones y los proyectos de los demás.El que tú continues tu trayectoria puede que impida que otro la alcance. Hecho que es inevitable. La modificación de trayectoria también.
Pensar ahora que has decidido preparar unas oposiciones. Llega el día y te presentas al examen. Junto a ti se presentan 300 personas. Muy bien. Ya tenemos las bolas en la mesa.Tu éxito depende de ti, pero también de la preparación de los demás.Conoces a un chico que te gusta y le pide salir. ¿Cuáles la trayectoria del chico? El resultado del proyecto que acabas de emprender dependerá de que tú le guste es también o de que a él le apetezca, en ese momento, iniciar una relación contigo.
Las bolas se ponen en movimiento. El resultado, por la cantidad de variables posibles, siempre es cierto.
En la novela de tu vida, rara vez navegarás con el viento siempre de cola.Sí tenemos un puerto al que dirigirnos, ya tenemos mucho, un destino consciente. Pero sabemos que vendrán tormentas, que el aire dejará de soplar y lo que esperábamos recorrer en la jornada, será en dos o tres, y también sabemos que muchas veces, cuando llegamos al puerto soñado, no encontramos el paisaje que había dibujado nuestra imaginación.
Pocos autores lo han expresado con tanta destreza como Lope de vega:
Las circustancias pueden obligarnos a dar un rodeo el lugar de seguir la línea recta pero lo importante es fijar el rumbo y saber dónde queremos arribar.
En esos momentos de calma tensa, ocúpate de multiplica tus posibilidades vitales. Recuerda quecuantas más opciones tengas, más posibilidades hay de elegir la más adecuada en cada momento, las relaciones paradigmáticas condicionan la elección de su realidad en función de los elementos de que dispones para elegir
Siempre es difícil empezar a escribir una novela es el pánico escénico, el miedo a emborronar el primer folio sin decir nada útil, el miedo al ridículo. Sencillamente, no sabemos por dónde empezar. Cada año a principio de curso, cuando mandó la primera redacción, tiene lugar la misma escena. El alumno se queda con el bolígrafo en la mano, mirando al techo. ¿Qué te ocurre preguntó?, “que no sé cómo empezar” me comenta entre tímido y desafiante. “Yo te ayudo”, le respondo a ver, escribe: “tengo nuevo profesor de lengua que se ha empeñado en que escriba una redacción contándole quien soy y que quiero conseguir este año. No tengo ni idea de por dónde empezar…” y a partir de ahí, continua. La experiencia me demuestra que, invariablemente, una vez que empiezan ya continúa por sí mismos.Comienza a vivir, actua y preocupante de las dificultades cuanto lleguen. La práctica y la experiencia harán el resto.


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