Hacia el punto de partida
HACIA EL PUNTO DE PARTIDA El eco de un pueblo que resiste en la memoria Porque hay pueblos que no mueren: laten en la memoria aunque sus calles estén vacías. Basta subir a un altozano y mirar hacia atrás para escuchar otra vez las voces, el murmullo de la fuente, el eco de una infancia que aún resiste entre ruinas y silencios. Desde el altozano contemplo mi casa de pueblo, envejecida, con las tejas rojizas y el musgo que insiste en crecer entre sus grietas. Frente a mí, el norte. Y más allá, la iglesia en silencio. En la escuela todavía escucho mi voz infantil recitando la tabla del nueve. La calle empedrada, siempre empinada hacia la plaza, conduce hasta la fuente de dos caños —el chafariz, como decía mi padre— donde nos refrescábamos sentados en el poyete de mármol. El balcón de la alcoba guarda secretos: allí, junto a Elena, sobre un colchón de lana, tejimos sueños sin sospechar que la ciudad sería una trampa disfrazada de promesa. Hoy ya no hay cartero. Ni cura que oficie misas. ...