Impacto inoportuno
IMPACTO INOPORTUNO Temprano aquella mañana, cuando el mundo aún bostezaba y el sol acariciaba apenas la línea del horizonte, fui al mar, mi escondite secreto, a nadar antes de que la multitud lo transformara en alfombra humana de agosto. La ciudad estaba cerca, ruidosa y despierta, pero yo flotaba en un silencio líquido, donde cada ola susurraba historias antiguas y cada reflejo de luz pintaba un lienzo diferente. Me sentía dueña de aquel instante: el mar me daba paz, el sol me insuflaba energía. Al amanecer y al atardecer, el agua era un espejo roto de tonos imposibles, un espectáculo que nadie más parecía notar. Semi-sentada sobre mi toalla, un golpe traicionero en el ojo me arrancó del ensueño: punzada de dolor, chispa de alarma. Pensé en arena levantada por la brisa, en pequeñas partículas danzando como hadas traviesas, pero no fue así. Me sumergí en el mar con los ojos abiertos, buscando que el agua arrastrara la molestia. Nada la calmó. Por la tarde llegó mi amiga, mensajera de l...