El alma de una biblioteca
En una biblioteca el silencio no pesa, se necesita, abraza y acompaña. Hay un rumor suave en las estanterías, y hasta el polvo parece ordenado por la paciencia, lo que me hace imaginar que cada libro estuviera soñando en voz baja. Al entrar, me sugiere caminar distinto, con cuidado, como si el aire pudiera romperse si hablo fuerte. En las bibliotecas, el tiempo no avanza en línea recta; se esconde entre lomos de papel y en los márgenes subrayados por manos que ya no están. Al adentrarme en la lectura me encuentro con lo invisible, como una manera de rozar otras vidas sin invadirlas, de sumergirme en pensamientos ajenos, con curiosidad, como quien se acerca, en mitad de la noche, a una ventana iluminada. Entre los pasillos, las palabras esperan. Algunas duermen; otras vigilan, hasta que una mirada las despierta al escoger un libro que parece llamarte... o quizás seas tú quien, sin saberlo, ya lo buscabas. Alzas la mano, tras una duda de apenas un instante, y lo eliges. Y en ese ges...