Todavía estoy a tiempo. El dolor no brinda solo. 6
Crónica íntima de una mujer que está aprendiendo a convivir con el dolor sin dejar de celebrar la vida. Hay mañanas en las que no me despierta la luz, sino el dolor. Antes de abrir los ojos, ya está esperándome, sentado al borde de la cama, puntual. Parece un visitante que ha aprendido el camino hasta mi cuerpo y ya no necesita llamar a la puerta. Es impertinente, descarado, molesto, desagradable... y unos cuantos sinónimos más que no quiero citar, porque dicen que los adjetivos empeoran la narrativa de un relato ( este, y tantos otros conceptos, los aprendí de Flavia Company en las clases de escritura del Ateneo de Barcelona). Mis rodillas protestan antes de sostenerme. Mis manos parecen haber olvidado que un día fueron ágiles. Mis hombros pesan como tantos inviernos que llevo encima. Cada articulación habla, reproduce una respuesta traicionera, camina conmigo desde que amanece hasta la noche. Se sienta a mi mesa, me acompaña cuando arreglo los toldos de la terraza, cuando...