La única que sigo viva
Esta mañana he abierto la caja de fotos y me ha parecido que algunas voces volvían a decir mi nombre. Ya se que las fotos no hablan, que son cartulinas viejas y que huelen a polvo y a humedad por los años que han pasado guardadas en el fondo de un armario. Algunas son de color. Muchas son pequeñas, con bordes ondulados, porque la moda de otra época las consideraba elegantes. El papel ya no se ve claro; los blancos han tomado un tono amarillento y los negros se han difuminado. Todos estamos atrapados en un día que existió. Miro los rostros uno a uno, sin prisa. Ahí es donde empiezo a sentir su ausencia. Se fueron en un orden que nadie pudo prever: unos de golpe, otros después de una despedida larga y tranquila. Dejaron frases sin terminar, proyectos sin tocar, tazas vacías en la mesa y una declaración de renta recién firmada. Se llevaron sus voces y el acento con que pronunciaban mi nombre. En ningún relato podré describir esa forma especial con la que me miraban. Su ausencia se mue...