Maricarmen, anatomía de un desahucio
Maricarmen tenía ochenta y siete años y una llave en el bolsillo que, de pronto, dejó de abrir la puerta de su casa y, con ella, la de su propia vida. Madrid, con su estómago de asfalto y prisa, devoró las paredes donde ella había aprendido a envejecer, el hogar de sus padres, las baldosas por donde caminaba con su paso cansado, el sol de la mañana que iluminaba, tras los visillos, el rincón de su salón... Dice el parte médico que el corazón dejó de latir. Es frialdad de un diagnóstico técnico. ¿Se muere de pena? SÍ. Cuando la pena no es una lágrima breve, sino un frío que se mete entre las costillas y no vuelve a salir. ¿Se muere de disgustos? SÍ. Cuando la dignidad es triturada por el engranaje insensible de los números y los plazos, de los rentistas, de los buitres, y el nudo amargo de la injusticia se clava en la garganta y no deja pasar el aire. ¿Se muere de ansiedad? SÍ. Cuando las noches se convierten en un recuento de sombras, y el pulso se desboca ante el abismo del día siguie...