La cannabica
La cannabica. Una vida de humo, gritos y secretos que transforma la casa en un territorio de vergüenza. La susodicha, casi con cuarenta años, grita, escupe blasfemias y fuma para evadirse. No es un gesto estético: es un mecanismo. La hierba le marca el tiempo, le organiza la ansiedad en pequeños descansos combustibles. Fuma como quien se administra una dosis exacta de silencio. La colilla encendida es el metrónomo de la casa. Ellos, sus padres, suspendidos entre la rabia y el miedo, se preguntan cuándo se torció todo. Si fue a los quince, cuando el cannabis empezó a oler en la ropa. Si fue antes, cuando ya respondía con una violencia impropia de su edad. Ya no hay retorno. O eso repiten como si repetirlo fuera una forma de absolverse. La violencia verbal no deja hematomas, pero coloniza el aire. Se incrusta en las cortinas, se posa sobre los muebles, respira en las esquinas. En otro contexto, alguien habría escrito: irritabilidad persistente, baja tolerancia a la frust...