Seguir regando lo que aún permanece
Hay despedidas que no hacen ruido. No llegan con un último abrazo ni con palabras que anuncien el final. A veces suceden mientras estamos lejos, convencidos de que todo seguirá igual cuando volvamos. Eso fue lo que pensé antes de marcharme un par de semanas a la playa. El laurel quedó bajo la sombra de un toldo, al ladito del olivo, de la yuca, del limonero, de la dama de noche, de la planta del dinero y de alguna maceta más. Todos compartían aquel refugio frente a un verano que ya prometía ser duro. Preparé un sistema de riego. Llené los depósitos de agua. Revisé una última vez que todo estuviera en orden y me fui con la tranquilidad de quien cree haber hecho cuanto estaba en su mano. Pero este verano se ha bebido hasta la última gota de agua. Para el laurel, ni la sombra ni el agua han sido suficientes. El calor ha apagado su verde y ha secando su tierra para dejarlo en silencio. Paso junto a su maceta y todavía me cuesta mirarla. No porque fuera un árbo...