Contaminación
13 de noviembre de 2002. S.O.S. Un comunicado urgente se emite desde
un buque petrolero al sufrir una grieta en su casco frente a la costa de
Fisterra. El Prestige. Una repentina tormenta lo precipita a la deriva.
Arrastrado a un abismo, sin rumbo, sin timón, maltrecho, se convierte en
pocas horas en un vendaval de miedos.
Rezumaron de bocas como cloacas, negros hilitos de plastilina. Mentiras.
No pasa nada y erradas decisiones, se volvieron puñales por la espalda.
Traición.
Sarta de mensajes ennegrecieron el ambiente igual que el vómito vertido
en las costas de vida y de muerte.
Tras los cristales, las miradas tristes de madres y esposas, en sus
estribillos cotidianos, saben que entre el mar y el hombre, el duelo es
desproporcionado, sólo esbozan la sonrisa cuando las barcas regresan a
puerto, hoy lloran por la marea negra.
Chapapote, mentiras y traiciones. Nunca mais!
Para el Concurso de microrrelatos de 2023 del Museo Maritimo de Barcelona

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La historia del Prestige no fue solo un naufragio de hierro y petróleo, sino también el naufragio de la confianza, de la transparencia y de la relación sagrada entre el hombre y el mar.
El 13 de noviembre de 2002, un buque herido lanzó un grito de socorro, pero su auxilio se perdió en la maraña de voces que minimizaban la tragedia. Como decía Antonio Machado: “Es propio de hombres de cabezas medianas embestir contra todo lo que no les cabe en la cabeza”. Y así, la necedad de algunos convirtió una grieta en abismo, un error en catástrofe.
La tormenta lo empujó sin piedad, y pronto, en lugar de rutas marinas, dibujó cicatrices negras sobre la memoria de Galicia. Hilillososcuros (como de plastilina que comentó el ignorante de turno) emergieron del casco como serpientes viscosas, preludio de un veneno que iba a teñir de luto las olas.
“La mentira es como la niebla: cuanto más espesa, menos se ve lo que se esconde detrás”, recordamos al escuchar la retahíla de mensajes oficiales.
Las aldeas marineras, hechas de paciencia, sudor y sal, se vieron de pronto sitiadas por un enemigo invisible que manchaba manos, costas y conciencias.
Las mujeres, guardianas del hogar, tejieron con sus lágrimas un canto de resistencia.
Los pescadores, al regresar, ya no traían peces sino la sombra de un mar enfermo. La marea negra fue también una marea de rabia y desconsuelo.
La palabra chapapote se hizo carne en cada grieta de roca, en cada ave cubierta de alquitrán, en cada pulso detenido por la impotencia. Pero de la desgracia brotó también la dignidad colectiva: un pueblo entero levantó la voz, empuñando como lema un grito simple y eterno: “Nunca Máis”.
Al mirar atrás, aquel episodio nos recuerda que la contaminación no es solo material: es moral.
El mar se mancha con petróleo, pero las conciencias se manchan con mentiras. Como escribió Albert Camus: “Nombrar mal las cosas es aumentar la desgracia del mundo”.
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