La tarde venía cansada, con un cielo de hojalata y mucho frío. El tren avanzaba como un latido obediente, cosiendo estaciones con su hilo de hierro. En el interior de sus vagones voces moderadas, risas tímidas, murmullos y silencios en miradas por la ventana.
Nadie sospecha del pulso cuando late desde siempre. Entonces el destino se torció.
Un quejido largo, metálico, partió el aire. El suelo perdió su pacto con la recta y el tiempo se volvió una mole rodando por un terraplén. Los vagones olvidaron el camino y se empujaron unos a otros en una sinfonía trágica. El descarrilamiento fue un hilo de hierro que se negó a seguir la trama y el choque, un final que no pidió permiso para existir.
Al finalizar el impacto, el tren, vencido, quedó tendido sobre la tierra, que lo aceptó sin reproches. Dentro de sus vagones se levantó un anochecer, y clamaron gritos sin boca, oraciones a un dios, manos buscando otras manos. Los cuerpos, rotos en su promesa de regreso, quedaron suspendidos entre el antes y el después. Los heridos contaban el dolor en respiraciones; los muertos, en ausencias que ya no cabrían en ningún horario. Un reloj siguió andando, obstinado, como si se negara a entender lo ocurrido. Alguien llamó a un nombre que no respondió. Alguien prometió volver a empezar, sin saber desde dónde.
Llegaron sirenas que cortaban el aire, personal de auxilio haciendo del miedo una tarea tangible: salvar, sostener, contener; llegaron mantas que eran islas, brazos acogedores y linternas que dibujaban rutas de esperanza entre la oscuridad y el polvo. Al amanecer, la niebla fue una mano que borraba bordes. Los nombres se alinearon en listas; los recuerdos, en la garganta. El pueblo cercano, Adamuz, abrió sus puertas como un pecho: café caliente, camas prestadas en un pabellón, un silencio compartido que curaba más que cualquier explicación. El duelo empezó a caminar despacio, aprendiendo el equilibrio sobre una cuerda nueva.
No hay revelación que explique lo ocurrido. Las vías torcidas siguen allí, pero ya no parecen una herida sino una pregunta. Alguien recoge una mochila, una bufanda, un bolso de mano; alguien más anota un nombre y lo subraya dos veces, como si así pudiera sostenerlo. El tren no ha seguido avanzando dentro de mi, ni dentro de muchos, se ha quedado quieto, como quedan las cosas que duelen cuando ya no empujan.
Nadie volverá a ser el mismo. El mundo recuperará su trayecto, no para olvidar, sino para permitir que la vida —con su torpeza fiel— encuentre otra vez la forma de pasar.
DESCANSEN EN PAZ

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