Sabor a sal. Poema

Un paseo junto al mar para descubrir que la verdadera calma deja su huella.


Hay días en los que el calor no solo me cae sobre la piel, sino que me recalienta el pensamiento. Todo me pesa un poco más. Las horas avanzan despacio y, a ratos, el aire parece haberse olvidado de moverse. No ocurre así en la terraza de casa que al ser tan abierta, siempre corre la brisa del corredor de la Subbética como un alivio discreto. 

Entonces llegan los dias de buscar la playa.

El camino hacia el mar comienza mucho antes de ver el agua. Empieza cuando el horizonte se ensancha y la mirada deja de tropezar con las paredes, los balcones, las calles, el asfalto, el cemento... Y mi cuerpo, al descubrir la franja azul en la distancia, recuerda ese lugar que la memoria nunca ha olvidado.

Me gusta caminar sin prisa por la orilla. Este año lo hago con mis sandalias cangrejeras, porque mis pies ya no quieren molestarse con las piedras amontonadas en la arena. Y con mis bastones de senderismo. Quiero dejar que el agua venga a mi encuentro, sin pedir permiso. El mar es tan generoso que, siempre que regreso a él, tengo la impresión de recibir un regalo. Quizá sea su sencillez, porque no necesita demostrar su importancia para ser imprescindible.

 

Escucho el mar. En esta playa el agua ruge con fuerza., Es más que un murmullo continuo, cambiante y familiar. A veces parece una conversación lejana; otras, una respiración que acompasa el paisaje. En el mar encuentro un descanso que rara vez aparece en otros lugares. Mientras las olas llegan y se retiran, me enseñan a soltar, también en mi vida, aquello que ya ha cumplido su tiempo, aquello que me resulta tóxico, aquello que no me enriquece…



Hay tardes en las que la luz se derrama sobre el agua con una delicadeza casi imposible. El sol deja de imponerse y comienza a acariciar. Todo adquiere transparencia: el vuelo de una gaviota, la espuma blanca deshaciéndose sobre la arena, el perfil lejano de un barco que avanza lentamente sobre el horizonte. ¿Os dais cuenta de que la belleza no necesita levantar la voz? … basta con que esté presente.

La brisa siempre llega. Trae consigo un olor mezcla de agua, viento y distancia. Respiro hondo y me limpia algo más que el aire de mis pulmones. Como si arrastrara también el cansancio acumulado y dejara espacio para una calma que no se puede fabricar.

Cuando el agua se seca, la sal permanece sobre mi piel. Es un rastro brillante. Paso la mano por el brazo y pienso que esa misma sal viaja también por mi propia historia; unas veces en un camino de lágrimas que nadie ve, otras en el esfuerzo compartido y otras en las alegrías que también humedecen mis ojos. Por eso nunca siento el mar como algo ajeno. En el fondo, los dos hablamos el mismo idioma. Los dos conocemos el sabor de la sal.

Al caer la tarde regreso con arena en los zapatos, con la sal sobre la piel y con algo difícil de nombrar: una especie de paz interior. Como si hubiera conseguido vivir unas horas, a la misma velocidad que el mar. Y, mientras me alejo de la playa, descubro que no es solo el agua la que me ha acompañado, sino su serenidad, Y ha encontrado en mí un lugar donde quedarse.

No eres la playa más hermosa.

Eres la que nos espera.

La que va aprendiendo

el ritmo de nuestros pasos,

de nuestras conversaciones sin prisa,

y de nuestros silencios,

esos que no necesitan palabras.

Volvemos al mar

como quien regresa

a una certeza.

Y cuando la luz de la tarde

empieza a dorar el agua,

descubro que seguimos caminando

 hace tantos años,

siempre de la mano

Y …con sabor a sal.


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