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Una Navidad en zapatillas

UNA NAVIDAD EN ZAPATILLAS

La Navidad me llega este año sin pedir permiso. No me trae campanas ni villancicos, sino una bolsa arrugada de días difíciles, de un año complicado, de un par de propósitos a medio estrenar y de una risa que demasiadas veces se esconde detrás del cansancio.

Ahora la tengo sentada en la cocina y metida en la nevera. Con los turrones, los mantecados, el pavo, el cochinillo, el marisco, el cava, el vino, etc. Me gusta esta Navidad que llega así, cuando no hay público y el corazón anda en zapatillas. Amigable y pacífica.

El horno volverá a encenderse, el móvil se quedará sin batería justo en una videollamada y alguien —siempre alguien— me preguntará por qué aún no "he arreglado mi vida”. Yo lejos de ofenderme, tomaré nota y soltaré una carcajada discreta. El humor también es una forma de fe.

En lugar de promesas grandilocuentes, este año repartiré gestos pequeños: un mensaje enviado aunque me dé pereza, menos quejarme, un perdón que no pide explicaciones, un silencio compartido que no necesita ser llenado. Porque he descubierto, con cierto asombro, que la esperanza no hace ruido cuando funciona bien.

Quiero un brindis sincero, sin solemnidad. Copas levantadas por lo que ha salido mal y aun así enseña algo porque de todo se aprende. Por las despedidas que no fueron finales. Por los miedos que se quedaron a dormir, pero ya no mandan. Propongo un deseo para el próximo año y, por primera vez, no pido nada extraordinario: solo tiempo para estar con mis seres queridos, curiosidad para empezar de nuevo y sentido del humor para cuando los planes fallen.

Quiero que el año que viene no sea perfecto. Que sea humano.

Que nos encuentre despiertos, con menos prisa y más risa.

Que sepamos encender luz incluso los días en que no haya fiesta.

Y que, si nos perdemos, sepamos volver a nosotros mismos.

Esta es mi Navidad, la que está en puertas, esperando como un regalo sin envolver.


árbol de navidad 2025

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