Lo que el viento no se lleva
A veces la terraza de nuestra casa no es solo un lugar, sino una tregua. Un espacio donde creemos que el mundo se detiene, donde el afuera se queda fuera y lo frágil descansa. Hasta que algo irrumpe y nos recuerda que nada está completamente a salvo. El viento ha entrado sin pedir permiso y lleva unos días queriendo ser protagonista. Nos ha roto toldos, ha desplazado las sillas mal apoyadas, las macetas que creíamos firmes; también ha arrastrado lo ligero y las plantas que parecían tener raíces. Cruje, golpea, desordena.
Tras la ventana miramos cómo la terraza se queda revuelta. Al principio pensamos que era solo eso: ruido, fuerza, objetos vencidos, pero el miedo llegó después, cuando entendimos que el viento no distingue y que, a veces, se lleva más de lo que ve. El viento sigue jugando a ser vigoroso, sigue entrando, sigue empujando, como si quisiera probar hasta dónde llega su poder. Hay un momento en que el ruido deja de ser ruido y se vuelve advertencia. Como una canción antigua que vuelve sin avisar y nos recuerda que “todo pasa y todo queda” pero no siempre de la forma que esperamos.
El viento no tiene memoria ni intención: avanza, insiste, empuja, y en su empeño pone a prueba lo que somos capaces de soltar. El viento ha de llevarse los objetos, el ruido, el día torcido, las penas, los dolores..., etc., pero hay cosas que no deberían volar, cosas que el viento no debería barrer ni desatar: los nudos que hicimos con paciencia, las palabras dichas despacio y pronunciadas mirando a los ojos, las promesas hechas de aire, porque lo importante lo vamos a agarrar con las manos del alma, lo ataremos con el corazón y lo dejaremos dentro, a buen recaudo, donde no llegue ninguna ráfaga inoportuna que se lo pueda llevar.
Ahí, en ese gesto casi invisible, está nuestra resistencia. No la que hace ruido, sino la que es silenciosa pero firme.
En la intemperie, el viento sigue resoplando con fuerza. Y mientras siga haciendo de las suyas, habrá algo —adentro— que no querrá volar porque eligió quedarse.

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