La cannabica
La cannabica.
Una vida de humo, gritos y secretos que transforma la casa en un territorio de vergüenza.
La susodicha, casi con cuarenta años, grita, escupe blasfemias y fuma para evadirse. No es un gesto estético: es un mecanismo. La hierba le marca el tiempo, le organiza la ansiedad en pequeños descansos combustibles. Fuma como quien se administra una dosis exacta de silencio. La colilla encendida es el metrónomo de la casa. Ellos, sus padres, suspendidos entre la rabia y el miedo, se preguntan cuándo se torció todo. Si fue a los quince, cuando el cannabis empezó a oler en la ropa. Si fue antes, cuando ya respondía con una violencia impropia de su edad.
Ya no hay retorno. O eso repiten como si repetirlo fuera una forma de absolverse.
La violencia verbal no deja hematomas, pero coloniza el aire. Se incrusta en las cortinas, se posa sobre los muebles, respira en las esquinas. En otro contexto, alguien habría escrito: irritabilidad persistente, baja tolerancia a la frustración, consumo problemático de sustancias. Pero en esa casa los términos médicos suenan a acusación. Aquí solo hay carácter, mala suerte, destino.
¿Les avergüenza su violencia verbal, esa presencia que invade cada espacio?
¿Que la casa tiemble con sus estallidos y los vecinos lo sepan porque lo oyen y lo huelen?
¿Que el humo se filtre por la escalera y delate la escena doméstica?
¿O se ocultan, impotentes, derrotados en sonrisas fingidas cuando coinciden con alguien en la portería y hablan del tiempo como quien no quiere la cosa?
Criar a alguien intratable abre una fisura en el orgullo que no cierra. Y en esa casa el orgullo sobra, sobre todo en la actitud de la madre.
¿Qué es: el cannabis, el temperamento, la mala suerte?
El cannabis fue primero un grupo en el parque, después una costumbre nocturna, en la actualidad una condición. Dice que la calma. Dice que sin eso no duerme. Insomnio de conciliación, despertares frecuentes, irritabilidad matinal. Fuma para no pensar y piensa para justificar que fuma.
La susodicha, a veces, a escondidas, recibe en casa visitas mientras sus padres no están. Un amigo, XXXX, entra con energía, habla rápido, propone negocios que nunca empiezan. Los fines de semana consume hierba y cocaína; lo niega con la mandíbula rígida y el pulso acelerado. Sobre la mesa deja una inquietud blanca que nadie nombra. Promete que lo controla. Promete que es solo social. Es frágil hasta el temblor, sostenido por ansiolíticos prescritos hace años y jamás revisados. Benzodiacepinas compartidas como caramelos. A la mañana siguiente no recuerda lo que dijo, pero el resentimiento permanece intacto. Ella, con el fumeteo, sobrevive.
Otras veces, hace desapariciones calculadas: se pierde por las playas del Garraf, donde el viento arrastra el olor y el mar parece absolverlo todo. Camina con los auriculares puestos. La banda sonora no es inocente: suena Peter Tosh – Legalize It.
Menudo trío familiar que ha buscado, con falsas acusaciones, obtener beneficios que compensen agravios imaginados. A mí me tocó caer en sus redes con la demanda por vicios ocultos de la casa, falsa demanda, indigna y filibustera y qué casualidad, siendo ellos los reyes del "vicio oculto": la adicción al cannabis. Tiene ironía, y después ellos fingen con sonrisas impostadas y poses defensivas. No admiten que la herida no les sangra: les supura. Supura en forma de reproche, de culpa heredada.
Y la niñata va pensando: nadie me entiende, nada me sirve… Un entendido pronunciaría palabras mayores: trastorno límite, depresión persistente, dependencia de sustancias. Pero en esa familia, el diagnóstico es una amenaza. Nombrar sería aceptar que hay enfermedad y no desobediencia moral. Y la realidad se la niegan a los vecinos aún con la evidencia de los gritos y del olor a hierba.
Por otra parte, la niñata está conectada a la escena pública. En redes, se multiplica con estrategias: tiene varios perfiles. En Facebook parece una víctima luminosa, una hija incomprendida; en Instagram posa con filtros que afinan el rostro y borran el insomnio; en TikTok dramatiza abandonos con música de fondo.
En internet nada se borra. Todo queda suspendido en servidores que no olvidan.
La recompensa le llega en forma de escasas notificaciones, pequeñas descargas de dopamina que le sostienen la tarde.
Sus padres la creen vigilar de lejos, pero la vergüenza ya no es íntima: es digital y permanente.
El padre mira sin comprender del todo ese escaparate continuo, aunque su madre, cómplice porque le hace las fotos, parece que no quiera aceptar que la adicción no siempre es a la sustancia: a veces es al relato de su hija misma, que es la narrativa del desastre.
Ella es un fracaso definitivo. Basta mirarla para entenderlo todo.
Casi cuarenta años y ninguna estabilidad, ningún proyecto, ningún gesto de reparación.
Muchos días la escena se repite: la puerta que se cierra con violencia, el mechero que chispea, los gritos, el humo que sube en espiral, y los padres en la sala fingiendo normalidad.
La casa, desde fuera, parece intacta; ni siquiera abren ventanas y, por dentro, la herida —y el olor—, aunque intenten disimularlo o negarlo, termina filtrándose siempre por debajo de la puerta.

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