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Vivir en pareja. Breve apunte Mi punto de vista

  Vivir en pareja


Nunca me gustó la frase “mi media naranja”. ¿Por qué partir en dos lo que puede ser entero? Esa idea de necesitar completarse en alguien más siempre me pareció un espejismo, como si la vida consistiera en buscar piezas perdidas de uno mismo en otra persona. Prefiero pensar que somos naranjas completas, con piel, jugo y aroma propios, que deciden rodar juntas sin aplastarse. Vivir en pareja no es sumar mitades, sino encontrarse en la plenitud de cada uno, aprender a caminar juntos mientras se mantiene la propia música interior.
La convivencia pasa por muchas etapas. 
Al principio, uno vive por el otro, con una entrega casi religiosa: cada pensamiento, cada instante, cada gesto parece girar en torno a esa persona. Hay un punto dulce y embriagante donde la devoción se confunde con posesión, y la dependencia con amor. Es la fase en la que los silencios propios se sienten traición, y los espacios personales parecen territorios prohibidos. Como escribió Rainer Maria Rilke, “Amar no es poseer, sino liberar”, y aun así cuesta entenderlo en los primeros compases de la danza amorosa.
Con el tiempo llega la madurez, esa etapa en la que se aprende que la verdadera armonía consiste en equilibrar la cercanía con la libertad. Entre la despersonalización que trae la dependencia absoluta y el desapego extremo que acarrea la independencia total, se despliega un abanico de posibilidades. Los extremos son tan peligrosos como un veneno que se bebe con gusto: demasiado apego destruye, demasiado desapego aleja. La meta, casi alquímica, es lograr una interdependencia que enriquezca a ambos: un territorio compartido donde cada uno defiende su espacio y su tiempo, sin dejar de ofrecer la propia vida como regalo, ni dejar de recibir la del otro.
Es vital compartir emociones, sueños, ilusiones y miedos, porque eso multiplica la vida. Disfrutar de momentos personales es necesario: la música que nos hace vibrar en soledad, los paseos por calles vacías, los libros que nos transportan, los silencios que nos reconstruyen. Pero después viene la maravilla: contar, narrar, reír, conversar, transformar lo cotidiano en extraordinario. Hay tanto que compartir: alegrías, decepciones, esperanzas, complejos, deseos, pequeños triunfos y grandes fracasos. 
Incluso los miedos se hacen livianos cuando se confían en voz alta, con complicidad y humor, que es el mejor antídoto contra la gravedad de la vida. 
Como cantaba Joan Manuel Serrat:Que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, y qué mejor manera de evitarla que construyendo recuerdos compartidos, con libertad y respeto.

Vivir en pareja no es fundirse en un solo ser, ni renunciar a la propia esencia. Es un acto de elección diaria: coexistir con alguien que acompaña sin aprisionar, que respeta sin distanciarse, que comparte sin invadir. Es bailar un vals donde ambos giran, saltan, tropiezan y a veces chocan, pero siempre se levantan, se miran y se ríen. Porque el amor verdadero no encadena, no consume, no exige: simplemente acompaña, enriquece y sorprende con pequeños milagros cotidianos, esos que a veces solo se perciben al mirar juntos un atardecer o al reírse de las propias torpezas.
Al final, la vida en pareja es un equilibrio entre entrega y libertad, cercanía y espacio, intimidad y humor, un arte que se aprende día a día. Es saber que no necesitamos ser la mitad de nadie, sino personas completas que deciden compartir su existencia sin perderse, construyendo juntos una complicidad que ni el tiempo ni la rutina pueden corroer. Porque amar, como la buena poesía, es abrir el corazón incluso cuando duele, es encontrar belleza en lo imperfecto y, sobre todo, reírse de uno mismo mientras se elige caminar de la mano.

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