Injusta confusión en mi primer examen de conducir


Mi R14 en el taller de Ricard TECNOMOTOR

Injusta confusión en mi primer examen de conducir 

Desde que era joven, la conducción fue para mí un anhelo profundo, casi un sueño que me susurraba libertad y aventura. Tan pronto como conseguí mi primer empleo, me tracé un objetivo con firmeza: obtener mi licencia de conducir. 
Tras superar con ilusión la prueba teórica, mi instructor de la Escuela Europa me citó una luminosa mañana de verano en las pistas de Montjuïc para enfrentarme al desafío práctico. Me sentía dueña del volante; la confianza adquirida recorriendo las calles de Barcelona me acompañaba como un escudo invisible. Pero a medida que el examen se acercaba, un temblor inesperado recorrió mis piernas, y mis rodillas rozaban con torpeza el pequeño volante del SEAT 600. 
Al iniciar las maniobras de aparcamiento, un grupo de jóvenes se congregó en la acera y comenzó a lanzarme piropos, voces que flotaban en el aire como pequeñas espinas. Los vi, pero los ignoré, y con precisión, estacioné el coche: ruedas alineadas, maniobra impecable. 
Respiré hondo, intentando que la calma regresara a mis manos temblorosas. Entonces, la sorpresa me golpeó con la fuerza de la injusticia. El examinador se acercó, asomó la cabeza por la ventanilla y, con voz áspera, me espetó: “Es inaudito que usted se traiga a sus apuntadores al examen”. 
Firmó mi expediente con un gesto seco, lo colocó bajo el limpiaparabrisas y me indicó que abandonara el vehículo. Suspendí. 
Nunca olvidaré aquel día. 
Aquellos piropos, que en otro contexto habrían sido inofensivos, se convirtieron en los más inoportunos y absurdos que jamás haya recibido, y quedaron tatuados en mi memoria como un recuerdo de la mezcla entre esfuerzo, ilusión y una injusticia inexplicable.

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