De lo absurdo

DE LO ABSURDO




Brotó en medio del huerto un imponente piano de cola, sus teclas de ébano y marfil reluciendo bajo el sol. De él no salía el canto de los pájaros, sino las vibrantes notas de una sonata de Amadeus. El aire se llenó de música, un concierto inesperado entre lechugas y tomates. Lo observé con perplejidad y, sin pensarlo dos veces, decidí que su lugar estaba en la cocina. Abrí la puerta del frigorífico y, con un esfuerzo sobrehumano, lo metí dentro. Al fin y al cabo, un piano tan solemne, con música tan clásica, solo podía ser música de cámara.

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