LA DEMANDA QUE NO DEBIÓ EXISTIR
ENVIADO A MIS ANTIGUOS VECINOS DE BARCELONA
La amarga experiencia de enfrentar una demanda me hace escribiros sobre lo sucedido.
Me duele ver cómo el egoísmo se disfraza de necesidad, cómo el aprovechamiento se oculta detrás de sonrisas falsas y cómo la ambición sirve de excusa para pisar a los demás sin remordimiento.
Esta es mi sensación tras lo que he vivido con la venta de mi piso de Barcelona. Después de 17 meses, he recibido una demanda por ocultar "carbonatación en el edificio construido en 1947…" —una reclamación que — ha sido un golpe inesperado. No solo por el impacto económico, sino por la herida emocional que deja la decepción.
Es duro descubrir cómo los compradores han retorcido la realidad y usado el mecanismo legal para sacar provecho con exigencias disfrazadas de derechos.
Me queda una mezcla amarga de tristeza al constatar que los compradores han actuado sin detenerse a pensar en el daño que me han hecho en esta época en la que estoy convaleciente de una mastectomía total por un cáncer de mama. Pero la vida es sabia. Tarde o temprano, devuelve con creces lo que cada uno siembra. Confío en que pondrá a cada cual en su lugar, sin que yo tenga que desearlo ni buscarlo.
Si alguno de vosotros tenéis que vender el piso, hacer constar lo de la carbonatación al comprador y si vais a comprar informaros antes de todo lo concerniente a lo que compráis.
Hay que transformar la experiencia en aprendizaje.
Hoy, sin embargo, me pesa la sensación de que la humanidad se está haciendo demasiado pequeña para tanto ego, tanta ambición y tan poca decencia.
La demanda ya ha concluido. De los 24000 euros que me solicitaron, y dado mi estado mental y fisico, que no he querido alargar el tema , ni ir a juicio, mi abogado ha negociado y he pagado 12000 euros para poder finalizar el tema de manera rápida.
Si llego a estar en mejores condiciones desde luego que defiendo el tema de otra manera hasta el final.
FELICES NAVIDADES 2025
La vida es como un bumerán: todo lo que lanzas, tarde o temprano regresará a ti.
A veces la vida te cruza con gente cuya alma está torcida, que se alimenta de lo que rompe, que sonríe mientras hiere y que abusa de ti.
Y duele. Duele porque una no espera que exista tanta falsedad en quienes, en algún momento, se disfrazaron de cordialidad.
La decepción me ha llegado con un burofax. Un golpe a traición. Una absoluta injusticia.
Por un momento sentí que mi mundo, ya delicado tras la enfermedad, se encogía; que esa demanda sería un cristal hecho añicos que no sabría recomponer. Pero ahí, en la herida abierta, ha revivido algo poderoso en mí: la serenidad.
SOBREVIVO A UN BUROFAX
He aprendido a ver, a nombrar, a no justificar lo injustificable. He aprendido que tú, torpe, limitada y rebelde, no defines mi valor; que tú, soberbia y arrogante, no sabes ni un ápice de quién soy yo; y que tú, perro faldero, que sigues órdenes sin dignidad, solo me das lástima. Ninguno merece mi atención, ni mi tiempo, ni mi palabra, nada de mí. Solo os interesa mi dinero, que lo exigís como si fuera vuestro derecho. Y justo os habéis topado conmigo, que a mí, a estas alturas de la vida, es lo que menos me importa. ¡Que os aproveche! Ni con mi dinero vais a poder llenar vuestro vacío sin fondo.
Después del mal trago, de tal desmesurada estafa, me descubro más sabia, más valiente. Avanzo en mi mundo de paz, y en ese avance está mi victoria: voy a seguir siendo llama viva en mi entorno y en mi hogar. Y vosotros, hundiros en la amargura que os va a seguir acompañando día tras día.
*** Un relato de resiliencia ante la injusticia, transformando el dolor en fuerza y serenidad.***
VIDEO
Burofax: espejo de vuestra miseria
El lunes 20 de octubre de 2025 recibí un burofax. Lo abrí con calma y sentí un impacto cuando vi el contenido que destilaba pobreza moral de quienes lo enviaban. Casi me desmayo de la impresión. Tras un año y siete meses de vender mi piso, se me acusa de: “engaño, desacuerdo contractual, ocultación de vicios y solicitud de indemnización de XX.XXX euros”. Una demanda desorbitada, sostenida únicamente por la urgencia de recaudar dinero. "En un plazo de 30 días ha de hacer frente al pago solicitado; de lo contrario, la reclamación se cursará por vía judicial para disminuir el precio de la compra, por los daños y perjuicios causados".
¡Qué barbaridad!
¿Acaso, ignorantes, no os dijo la arquitecta que en todos los edificios antiguos, las vigas sufren carbonatación, que es un envejecimiento natural del hormigón? ¿Qué daños? ¿Qué perjuicios?
Se os ha caído la máscara. Camináis por la vida con el alma llena de corrosión, con un óxido crónico instalado en vuestro interior. Vuestro deterioro emocional ya no es una herida, se ha vuelto en parte de vuestra identidad. He comprendido que esta demanda injustificada refleja vuestro caos personal y vuestras frustraciones que no sabéis manejar.
Me serené, y releí cada línea con distancia. Me llené de rabia.
No voy a daros cuerda. Estáis atrapados en vuestro propio desorden, agotados por vuestras tensiones, con un entorno familiar conflictivo y, desde luego, con una necesidad de recaudar dinero. Yo voy a ser un blanco fácil para proyectar vuestra bilis. Mi mermada salud física y mental tras mi proceso de enfermedad no me permite adentrarme en batallas interminables; no me importa aparentar debilidad si con ello evito que gente innoble como vosotros me contamine más de la cuenta. Me afecta pensar que habitáis mi antigua casa —mi hogar feliz, lleno de buenas vibraciones— como si se tratara de un campo minado donde cualquier detalle mínimo, que no os guste, lo habéis elevado a delito. Resentimiento disfrazado de reclamación legal. Y sin previo aviso. El burofax es un golpe a traición, porque sois tramposos, sin escrúpulos para la intimidación. Pensándolo bien, esta demanda no habla de mí, sino de vuestras carencias, de la incapacidad para sostener vuestra vida inventando culpables externos. Estáis amargados.
Pretender que veáis la realidad me parece inútil, si ni siquiera a vosotros mismos os veis sin distorsión, no intercambiaré palabra alguna con vosotros y el documento lo he entregado a mi abogado para que curse una negociación. Asumo que habrá un coste. Un dinero que tendré que pagar. Y pagaré, si con ello compro mi paz. El dinero se recupera; la paz interior, no. Y en esta balanza, mi bienestar siempre pesará más que cualquier cifra.
Y sí, he pagado con euros pero vosotros lo pagaréis con algo más caro: con la mala suerte que os acompañará con vuestra actitud miserable conmigo. La vida, juez silenciosa, os devolverá el veneno que habéis descargado sobre mí, aunque, pensándolo bien, ya tenéis vuestra propia sentencia con el castigo que convive con vosotros y os acompaña en vuestro día a día.
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