Todavía estoy a tiempo. La metáfora del bambú. 5
El Dr. Romero e Iván, mi entrenador, que son los que me ayudan a ponerme en forma, me han llevado a conocer la metáfora del bambú.
La metáfora japonesa del bambú enseña que los grandes cambios suelen comenzar de forma invisible. Se cuenta que, durante años, el bambú desarrolla una extensa red de raíces bajo tierra sin que apenas se aprecie su crecimiento en la superficie. Quien observa el bambú, podría pensar que no está ocurriendo nada; sin embargo, cuando sus raíces son lo bastante fuertes, el bambú crece rápidamente hacia arriba en poco tiempo.
El bambú me repite: ¡paciencia! Y yo, que nunca he sido muy obediente, le he respondido muchas veces: ¡sí, sí, paciencia!, pero ¿cuántos kilos se pierden con eso? ¿Voy a mejorar mi glucosa? ¿Voy a poder caminar 10.000 pasos? Él no me contesta, como muchos sabios que suelen ser silenciosos.
Han ido pasando días en los que he caminado sin ganas y a veces sin fuerza; en los que he elegido agua en vez de cerveza; en los que he movido las piernas subiendo escaleras, y han acabado protestando, sobre todo a última hora de la tarde, cuando mis articulaciones han crujido tanto como las puertas de un castillo encantado… Eso sí, las cifras de glucosa han ido mejorando.
El bambú crece primero bajo tierra.
Mientras yo creo que no pasa nada, él trabaja. Mientras nadie aplaude, él trabaja. Mientras las dudas organizan reuniones golpistas en mi cabeza, él sigue trabajando. Cada paseo, cada comida bien elegida, cada entrenamiento es una raíz. Y las raíces no se ven, pero sostienen los progresos. Quiero comprender que voy ganando camino, que he comprado movilidad, que estoy enseñando a mi cuerpo una canción nueva. Esa que llamo: “Todavía estoy a tiempo” o la que canta mi amigo Joan Manuel Serrat: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.
El bambú no se enfada cuando el viento lo dobla. Simplemente espera y vuelve a erguirse.
Por eso, cuando aparece el cansancio, cuando los resultados son lentos o cuando la tentación de abandonar llama a la puerta con una comida en la mano, quiero recordar que soy un bambú creciendo. Y el crecimiento no siempre se ve. Hay días en que mi rodilla y mi espalda duelen menos, que una cuesta ya no me asusta, que una blusa me cae mejor, que no me fatigo como antes. ¿Me estoy transformando en la persona que seré dentro de un año? No persigo una meta imposible. No lucho contra mi cuerpo. Estoy construyendo, paso a paso, raíz a raíz, como el bambú, y me digo: ¡No te rindas, adelante!
El tiempo no está en mi contra; la naturaleza no conoce el retraso. Cada semilla brota cuando puede, cada árbol madura a su ritmo y cada estación llega cuando le corresponde. No se trata de volver a ser quien fui, sino de convertirme en quien todavía puedo llegar a ser. Porque la salud no es una meta situada al final del camino. Es el propio camino.
Mi cuerpo es un compañero al que debo escuchar. Ha soportado mis excesos, mis descuidos y mis impaciencias, y aun así sigue dispuesto a acompañarme. Por eso quiero seguir caminando. He comprendido que los años no se cuentan; se recorren.Y, cuando vuelva la impaciencia, recordaré al bambú y sonreiré pensando: "menos mal que no me rendí cuando todavía estaba creciendo bajo tierra".
De la serie de textos: TODAVÍA ESTOY A TIEMPO en este blog.

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