Seguir regando lo que aún permanece


Hay despedidas que no hacen ruido. No llegan con un último abrazo ni con palabras que anuncien el final. A veces suceden mientras estamos lejos, convencidos de que todo seguirá igual cuando volvamos. Eso fue lo que pensé antes de marcharme un par de semanas a la playa.
El laurel quedó bajo la sombra de un toldo, al ladito del olivo, de  la yuca, del limonero, de la dama de noche, de la planta del dinero y de alguna maceta más. 
Todos compartían aquel refugio frente a un verano que ya prometía ser duro. 
Preparé un sistema de riego. Llené los depósitos de agua. Revisé una última vez que todo estuviera en orden y me fui con la tranquilidad de quien cree haber hecho cuanto estaba en su mano. 
Pero este verano se ha bebido hasta la última gota de agua. 

Para el laurel, ni la sombra ni el agua han sido suficientes. El calor ha apagado su verde y ha secando su tierra para dejarlo en silencio. Paso junto a su maceta y todavía me cuesta mirarla. No porque fuera un árbol extraordinario. Lo era para nuestro rincón de nuestra terraza. Era la sombra discreta de muchas tardes, el aroma de sus hojas al rozarlas, el condimento de futuros guisos y ese pequeño milagro cotidiano de descubrir que iba creciendo despacito.
Hoy solo queda un tronco reseco y unas ramas quebradizas. Y yo me hago una pregunta: ¿podría haber hecho algo más? 

No lo sé. 
Esta vez hubo sombra. Hubo agua. Hubo cuidado. Simplemente, el calor del verano ha sido más fuerte. 

El laurel no reprocha y las plantas y los árboles no saben hacerlo. Resisten mientras pueden y, cuando ya no les queda fuerza, se marchan sin hacer ruido. Quizá por eso algunas ausencias pesan tanto. Porque solo con el tiempo comprendemos que aquella fue la última vez.

Las otras plantas también parecen haberlo notado.
El olivo continúa aferrándose a la tierra con esa fortaleza antigua que siempre me ha admirado. El limonero y la yuca siguen buscando la luz. La dama de noche está viva pero más apagada este verano. Y, ¡oh ironías de la vida!, la planta del dinero... ha decidido crecer como nunca. Está más frondosa que jamás la había visto. Es la única que ha interpretado este verano como una oportunidad de negocio. Mientras las demás hacían lo imposible por sobrevivir, ella parece haber aprovechado para hacer caja. Bueno, al menos alguien ha sacado beneficios de esta ola de calor. Son contradicciones que ofrece la vida, mientras algo se apaga, otra cosa florece. 


No es una tragedia. Llegarán otros árboles, otras primaveras y otras oportunidades de llenar de verde la terraza. Pero este laurel ya no volverá. 
Me deja una lección: no todo lo que desaparece lo hace porque lo hayamos dejado de cuidar. Hay veces que hacemos cuanto está en nuestras manos y, aun así, no basta. Cuesta aceptarlo. 
Pensamos que muchas cosas dependen de nosotros, que con suficiente empeño siempre encontraremos la manera de salvar aquello que queremos. Pero la vida, igual que este verano, sigue su propio camino. Entonces solo queda hacer las paces con la impotencia, agradecer el tiempo compartido y volver la mirada hacia todo aquello que sigue esperando nuestros cuidados. Porque, al fin y al cabo, vivir también consiste en eso. En seguir regando lo que aún permanece.  








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