Todavía estoy a tiempo. El dolor no brinda solo. 6
Crónica íntima de una mujer que está aprendiendo a convivir con el dolor sin dejar de celebrar la vida.
Hay mañanas en las que no me despierta la luz, sino el dolor.
Antes de abrir los ojos, ya está esperándome, sentado al borde de la cama, puntual. Parece un visitante que ha aprendido el camino hasta mi cuerpo y ya no necesita llamar a la puerta. Es impertinente, descarado, molesto, desagradable... y unos cuantos sinónimos más que no quiero citar, porque dicen que los adjetivos empeoran la narrativa de un relato ( este, y tantos otros conceptos, los aprendí de Flavia Company en las clases de escritura del Ateneo de Barcelona).
Mis rodillas protestan antes de sostenerme. Mis manos parecen haber olvidado que un día fueron ágiles. Mis hombros pesan como tantos inviernos que llevo encima. Cada articulación habla, reproduce una respuesta traicionera, camina conmigo desde que amanece hasta la noche. Se sienta a mi mesa, me acompaña cuando arreglo los toldos de la terraza, cuando intento abrir la tapadera de un frasco, cuando intento ponerme un calcetín, cuando abrazo a quien amo sin hacer una mueca que me delate.
La gente me dice: te veo muy bien.
Porque sonrío y mi cara no refleja la realidad. Si supieran que el dolor se ha instalado en los movimientos que ya no puedo hacer sin pensarlo dos veces, que me obliga a negociar con cada escalón, con los bordillos de las calles, con los bancos de la ciudad que son muy bajos, o con el esfuerzo de subir al coche que me parece muy alto, con cada paseo que antes recorría sin contar los pasos.
Y me da rabia esta prisión invisible que limita mis movimientos. Porque el dolor constante cansa tanto mi cuerpo como mi mente.
Por suerte, mi vida no la sostienen solo las articulaciones; también la sostienen los afectos, los pequeños placeres y la voluntad de saborear cada instante con una gratitud más profunda.

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