El alma de una biblioteca

El alma de una biblioteca

En una biblioteca el silencio no pesa, se necesita, abraza y acompaña. Hay un rumor suave en las estanterías, y hasta el polvo parece ordenado por la paciencia, lo que me hace imaginar que cada libro estuviera soñando en voz baja. Al entrar, me sugiere caminar distinto, con cuidado, como si el aire pudiera romperse si hablo fuerte. En las bibliotecas, el tiempo no avanza en línea recta; se esconde entre lomos de papel y en los márgenes subrayados por manos que ya no están.

Al adentrarme  en la lectura me encuentro con lo invisible, como una manera de rozar otras vidas sin invadirlas, de sumergirme en pensamientos ajenos, con curiosidad, como quien se acerca, en mitad de la noche, a una ventana iluminada. Entre los pasillos, las palabras esperan. Algunas duermen; otras vigilan, hasta que una mirada las despierta al escoger un libro que parece llamarte... o quizás seas tú quien, sin saberlo, ya lo buscabas. Alzas la mano, tras una duda de apenas un instante, y lo eliges. Y en ese gesto sencillo de tomar un libro, comienza una conversación que nadie más oye, pero que te puede cambiar por dentro.

Hay entre estanterías, una presencia que no interrumpe, que ordena el mundo sin imponerse, que sabe que la palabra justa es una forma de caricia; que intuye la duda antes de que se instale y que actúa con la fluidez del agua que encuentra su cauce. Su manera de estar convierte el refugio de papel en un organismo vivo. Es la guardiana de los libros. Transforma la biblioteca en un mundo que deja de ser solo un edificio, con más o menos solera, para convertirse en una extensión suya, de quien organiza el conocimiento y lo mantiene vivo. Lo acerca, lo despierta, lo devuelve a las manos de quien lo necesita, como si cada libro fuera una conversación pendiente esperando el momento exacto para empezar.

Mi vida, después de atravesar una situación difícil, también me parece una biblioteca invisible, donde lo importante quiere estar, pero sin hacer ruido. Es verdad que comparto publicaciones en las redes, pero mi esencia no vive en el escaparate ni en el brillo fugaz de lo que se ve, sino en ese rincón interior que no necesita aplausos; en ese lugar donde ordeno las emociones sin prisa, como quien revisa un borrador una y otra vez, y donde algunas de mis verdades necesitan madurar en silencio antes de convertirse en palabras. Quizá por eso nunca he dejado de buscar refugio en las bibliotecas: porque, en el fondo, siempre he querido parecerme un poco a ellas.


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Muy bonito el escrito Ana es muy necesario estos momentos para poder llevar la vida más plena y llevadera
Responder un comentario a un anónimo noes precisamente algo que me guste. Al menos deja una pista de quién eres . De todos modos. Muchas gracias..

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