Todavía estoy a tiempo. Entre la culpa y el cuidado
Todavía estoy a tiempo. Entre la culpa y el cuidado
Ayer entré en el supermercado con la sensación de quien acudía a una negociación importante. Había confeccionado una lista de la compra, pero más bien llevaba una lista de intenciones. El carro lo fui llenando de verduras, fruta, legumbres, pollo, yogures, patatas, pan integral, semillas… Cada producto parecía una pequeña promesa, una moneda depositada en una cuenta invisible que hoy llamo futuro.
Durante años, y como soy muy tragona, no me he privado de comer nada. Desayunos en hoteles de bufete abierto con pan y mantequilla, salchichas, beicon, huevos, y repeticiones de platos en las comidas y cenas copiosas…
Pero, en mi interior, la culpa se sentaba también a la mesa conmigo, antes que yo, y me observaba en silencio con los codos apoyados sobre el mantel. Fiscalizaba mi actitud.
A mi edad y a partir de ahora, quiero que sea diferente.
Mientras elijo los alimentos, no trato de borrar mis excesos ni de compensar mis errores, estoy comprando cuidado. Y este cuidado voluntario y libre, es auténtico y no castiga. La culpa si me castigaba. Atacaba feroz siempre después de hartarme de comer. Mis lagrimas eran como las de cocodrilo que llora cuando ya se ha zampado la presa.
He empezado la dieta.
Los primeros días las raciones me parecieron diminutas, de risa, acostumbrada a las cantidades abundantes de comida. Y la culpa ¡zas! , otra vez, disfrazada de hambre, pero no de hambre real sino de hambre mental.
Poco a poco me he ido adaptando.
En el supermercado me detengo más que antes. Leo etiquetas. Comparo. Elijo con una atención nueva, como si cada alimento tuviera algo que decirme. Y al acabar de comprar, sucede algo hermoso. Mis brazos sostienen las bolsas que antes me parecían muy pesadas. Mis piernas responden con firmeza. Mi espalda se endereza como si recordara una antigua dignidad. Mi respiración encuentra espacio.
Y al llegar a casa, el espejo deja de ser juez y se convierte en testigo.
Después vienen otros actos. Estoy aprendiendo a entrenar fuerza.
Mis movimientos son torpes, las pesas ligeras, tengo mis músculos adormecidos por tantos años de olvido. Van llegando pequeñas victorias: levantar un poco más, caminar con más energía, subir unas escaleras sin sentir que me falta el aire. Descubro que la fuerza no es una cuestión de apariencia. Es una conversación íntima entre mi voluntad y mis límites.
También me filmo entrenando. Es aprendizaje. Coloco el móvil, ajusto el ángulo, repito el ejercicio. Después envío los vídeos a mi entrenador. En ellos no hay filtros ni excusas, solo movimiento. Él observa lo que yo no alcanzo a ver: la postura, el gesto que se compensa, el músculo que aún no despierta del todo. Y me corrige. Y yo vuelvo a intentarlo, porque soy un instrumento que llevaba años sin sonar.
El error se convierte en información y con ella empiezo a reconstruir confianza.
En la cocina inicio un ritual. De momento, pesar la comida: la bascula como herramienta Las raciones dejan de ser una amenaza y empiezan a ser un mapa. Una forma de entender proporciones, de ordenar sin imponer, de cuidar sin agredir.
Combino alimentos como si escribiera frases sencillas: proteína, verdura, carbohidratos.
Combino colores que adornan el plato, el color del brócoli, del boniato, de la remolacha, de las espinacas…
Mientras remuevo una sartén o espero a que hierva el agua, recuerdo una frase de la película Julie & Julia: "No hay nada más hermoso que la comida hecha con amor." Quizá el amor, aquí, no es un adorno sentimental, sino una forma de presencia, por querer "amar" lo que estoy haciendo.
Luego llega otro ritual que nunca imaginé que sería importante: las fotos de los platos.
Fotografío lo que cocino. No por perfección, sino por conciencia y por respeto a las indícaciones. Y cuando reviso las imágenes más tarde, no veo solo comida: veo proceso. Veo constancia. Veo que me estoy cuidando.
He adquirido gestos nuevos: el gesto de comprar, el gesto de pesar, el gesto de cocinar, el de sentarme a comer sin juicio. Y en ese conjunto de gestos pequeños descubro que no solo estoy empezando una dieta, y un entrenamiento, estoy empezando una forma distinta de estar en la vida.

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