Los que se alejan-Los que se acercan


Los que se alejan

Hay personas que no se marchan de golpe. Se van como el atardecer: primero su luz se hace más tibia, las sombras se alargan, el silencio empieza a pesar distinto, y cuando te das cuenta… ya es noche. He aprendido que no todos los adioses suenan igual. Algunos apenas se pronuncian, son sigilosos, parecen irse de puntillas; otros son con un portazo que aún resuena con los años. Pero todos, al final, te enseñan algo sobre el vacío, y hay que aprender a convivir con él. 

A veces pienso que ciertas distancias pudieran ser solo una pausa, que quienes se alejan quizá solo estén buscando aire, o su propia verdad, que no tiene que coincidir con la nuestra. Pero si esta distancia se vuelve mutua, todo cambia. Ya no hay pausa, sino desconexión. Las palabras se apagan, y lo que antes nos envolvía se transforma en silencio frío y profundo. Entiendes que la relación se vacía poco a poco. Y aunque duele reconocerlo, ya no queda un lugar al que regresar; solo el eco de lo que fuimos.

El silencio queda, tanto si se van como si nos vamos, y lo compartido, en la memoria sigue viviendo hasta que nuestras figuras se desvanecen con el tiempo.

Los que se acercan 

Hay personas que no llegan de golpe. Se acercan como el amanecer: primero un destello tímido, luego un calor suave que empieza a empujar las sombras, y sin darte cuenta… ya es día. He aprendido que no todos los encuentros irrumpen con estruendo. Algunos apenas se anuncian, son delicados, como pasos que no buscan impresionar sino acompañar; otros llegan con una fuerza luminosa que lo transforma todo. Pero todos, al final, te enseñan algo sobre la plenitud, y hay que aprender a dejarse habitar por ella.

A veces pienso que ciertas presencias no son casualidad, que quienes se acercan quizá también estén buscando un refugio, un espacio donde descansar su verdad, que a veces coincide con la nuestra sin esfuerzo alguno. Y cuando ese acercamiento se vuelve mutuo, todo cambia. Ya no es un gesto, es un puente. Las palabras florecen, y lo que antes era silencio se vuelve un latido compartido, cálido, vivo. Entiendes que la relación se llena poco a poco. Y aunque asuste reconocerlo, de pronto existe un lugar claro al que regresar; un espacio donde somos vistos, y donde lo que somos encuentra eco.

La luz queda, tanto si llegan como si les dejamos llegar, y lo compartido, en la memoria, sigue creciendo hasta que nuestras figuras, lejos de desvanecerse, se delinean más nítidas con el tiempo.

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