DES-CO-NEC-TAR. Mirades perdudes

movil


Tengo una pequeña ventana encendida en la mano.

La miro nada más despertar. A partir de ese momento, me entra el mundo a todas horas: las noticias, las caras, las vidas de otros, las tragedias, las celebraciones, las opiniones de personas que no conozco y que, sin embargo, a veces consiguen alterar mi día o, simplemente, enseñarme algo útil. Me he acostumbrado a estar disponible, a contestar rápido, a mirar antes de sentir, como si quisiera retener las imágenes que se me muestran, una tras otra, de manera constante. 

Hoy me he parado a pensar y siento que algo se me escapa. No sé exactamente qué es.
Quizás son los momentos que dejo de compartir con mi pareja, las conversaciones que se pierden, los pensamientos que se quedan dentro de mí.

He empezado a dejar el teléfono, salir a caminar y desconectarme. Siento una especie de vacío. Como cuando fumaba y no podía salir a la calle si no llevaba el paquete de tabaco encima. Esa sensación absurda de haber olvidado algo importante, y que realmente no lo es. Al cabo de un rato, casi sin darme cuenta, empiezo a escuchar otras cosas:
Mis pasos. El viento entre los árboles. Una conversación lejana. El ruido de una persiana al abrirse. El ladrido de un perro. El maullar de los gatos al pasar por el descampado.
Pequeñas cosas que siempre estuvieron ahí y que, sin embargo, hacía tiempo que no escuchaba. Entonces me doy cuenta de que el mundo continúa sin necesitarme. Es una sensación extraña, pero también una forma de volver a mí. No necesito estar en todas partes. Quizá solo necesito estar donde nadie me esté mirando, donde no tenga que demostrar que estoy viviendo.

He de volver a escuchar cómo suena mi propia vida.

Quizás lo más difícil no sea dejar el teléfono. Quizás lo difícil sea aprender de nuevo qué hacer con los pequeños silencios.
Me doy cuenta de que en las comidas, antes de empezar, casi sin pensarlo, dejo el teléfono al lado del plato. No porque esté esperando nada, sino por costumbre. Como quien deja los cubiertos, el vaso o la servilleta. Tiene que estar ahí, al alcance de la mano, esperando cualquier movimiento.¡Qué absurdo!

Si la conversación se detiene, lo miro. Si estoy sola, lo miro. Si estoy esperando algo, lo miro. Si la televisión está puesta y no me interesa lo que estoy viendo, también lo miro. Una parte de mí sigue la película, otra contesta un mensaje, otra mira una noticia, otra salta de una imagen a otra. Al final no recuerdo muy bien qué he visto, pero sí recuerdo haber estado entretenida.
He convertido este entretenimiento en algo de lo que tengo que escapar. Tal vez el problema no sea todo lo que miro, sino todo lo que ya no soy capaz de mirar o de hacer:una comida sin sacar el teléfono, una película sin mirar una pantalla, una espera sin buscar imágenes que me entretengan, un silencio sin la necesidad de llenarlo.
Todo esto me preocupa.

DES-CO-NEC-TAR no ha de ser alejarme del mundo sino volver a estar presente en el mío.

********************

MIRADES PERDUDES

(Texto presentado al 16º Concurso de TMB en 2022)

T’he vist al fons del vagó. Avui el trajecte m’ha semblat més llarg. I més fosc.

Estàs asseguda, capficada, amb els ulls abaixats davant d’aquella petita claror que et banya la cara. El sostens entre les mans amb una delicadesa que abans em reservaves a mi. De tant en tant, els teus dits es mouen sobre la pantalla, com si hi escrivissin alguna cosa que jo ja no sé llegir.
No sé quan va començar. Potser va ser tan gradual que no vam tenir temps d’adonar-nos-en. Una mirada menys. Una conversa interrompuda. Un silenci que abans no existia. Només sé que, un dia, allò que havia vingut al món per acostar-nos va començar a posar distància entre nosaltres.
Quan ens vam conèixer, ens sobraven les paraules.
Al metro, cada matí, parlàvem mentre el tren s’empassava les estacions. Els diumenges agafàvem el Funicular de Montjuïc i pujàvem fins als jardins de Miramar, on la ciutat s’estenia als nostres peus i nosaltres encara teníem tot el temps del món.
Ens miràvem. Això fèiem. Ens miràvem mentre parlàvem i, de vegades, sense necessitat de parlar. Podíem arribar fins a la matinada així, allargant una frase perquè no s’acabés la nit.
Ara penso que potser l’amor també comença d’aquesta manera: mirant algú prou temps per arribar a reconèixer-hi un lloc on quedar-se. I potser també s’acaba sense que ningú no se n’adoni.
Avui sóc al mateix vagó. A pocs metres de tu. Però és com si hi hagués una distància que no es pot mesurar en metres.
T’observo. Tu no aixeques els ulls. La llum de la pantalla et tremola a les pupil·les.
Penso en totes les vegades que vas buscar els meus ulls i jo els teus. En totes aquelles converses que ens semblaven interminables. En aquella manera que tenies de somriure abans de dir alguna cosa que ja sabies que em faria riure.
Intento recordar l’última vegada que em vas mirar així.
No la trobo.
Ding-dong.
Ding-dong.
—Última estació.
El tren s’atura.
La gent s’aixeca, recull bosses, abrics, vides que continuaran en una altra direcció.
Tu també t’aixeques. Per fi, aixeques la mirada. Els nostres ulls es troben. Només un instant. Però aquest cop no hi ha res a dir.
Tu somrius lleument, gairebé per costum. I jo entenc, massa tard, que de vegades no cal deixar de mirar algú per perdre’l.
Només cal deixar de veure’l.
¡Maleït mòbil!

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