Y tú, ¿por qué te fuiste?

Hay personas que no se marchan de su país: son sus países los que las expulsan. Se van con una maleta demasiado pequeña para contener una vida entera. Solo algunas fotografías, un poco de ropa, documentos, quizá una llave que ya no abrirá ninguna puerta. Lo demás —la casa, la calle de la infancia, el árbol bajo el que esperaron, la voz de la madre llamándolos etc… quedan atrás, sin poder ser empaquetado.Algunos huyen de las bombas. Otros, de los hombres armados. Otros escapan de una palabra prohibida, de una frontera cerrada, de un gobierno que ha convertido la esperanza en un delito. Hay quienes parten porque la tierra que los vio nacer dejó de ser un lugar donde poder vivir sin miedo y proteger a sus hijos.

Y comienza el viaje.

Cruzan carreteras, mares, desiertos y fronteras. Viajan de noche para no ser vistos, o de día para no perderse. Aprenden a dormir sentados, a reconocer acentos, a esconder el cansancio. En cada control entregan un poco de sí : un nombre, una historia, una fotografía, la explicación de por qué tuvieron que irse. Llegan a otro continente y descubren que la distancia no se mide en kilómetros. La distancia está en el olor del pan, que ya no es el mismo. En una canción que nadie conoce. En una palabra que no tiene traducción. En mirar las estrellas  desde una ventana extranjera y recordar que, en otro lugar del mundo, alguien está mirando ese mismo firmamento.

Al principio, todo parece grande: las calles, las estaciones, los edificios, las voces. Y uno camina por ellas como quien camina dentro de un sueño que todavía no le pertenece.

Después aprende.

Aprende nuevas palabras para pedir trabajo, para alquilar una habitación o un piso para la familia, para explicar quién es. Aprende a pronunciar su nombre de otra manera cuando los demás no consiguen hacerlo. Aprende que también se puede echar de menos aquello de lo que se huyó. Quizá por eso quienes se marchan llevan dos países dentro. Uno es el que tuvieron que abandonar. El otro, el que todavía están intentando construir. Nadie debería tener que huir de su casa para salvar la vida. Y, sin embargo, mientras haya guerras, gobiernos que cierren las puertas y fronteras que decidan quién merece pasar y quién debe quedarse al otro lado, habrá personas caminando hacia un horizonte desconocido con una maleta en la mano y un país entero latiéndoles dentro del pecho.

Por cierto, he escuchado a un vecino contar que tuvo que marcharse de su país por miedo, por la violencia, por la inseguridad, y para proteger a sus hijos, porque ya no se sentían seguros. Dejó atrás su casa, sus calles, su gente y cruzó un océano buscando otro lugar donde vivir. Lo escuchaba y podía entenderlo. Podía entender el miedo de un padre y la necesidad de proteger a los suyos. Dijo que la izquierda era corrupta, ladrona, responsable de haber destruido el país. Entonces contó que había votado a la ultraderecha, convencido de que ese era el camino correcto. 

El exilio no vuelve a nadie más lúcido ni más justo, pensé.

Y vive en España, en Andalucia, y me produce desconcierto escuchar cómo sigue defendiendo a quien se presentó armado con una motosierra, una imagen violenta de por sí, y quien, desde mi manera de ver, puede formar parte del problema y no de la solución.

Después de escucharlo, tan convencido de las ideas de su presidente electo, del supuesto salvador de su país, a mi me viene a la memoria una contundente frase que pronunció al llegar al poder:

"No vine a guiar corderos, vine a despertar leones."

Y vuelvo a preguntarme: Y mi  vecino, ¿Por qué se fue de tu país?

Bueno, al parecer, no es ni cordero ni león.


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