Yo y mis gafas




Yo supe lo que era llevar gafas de pequeña, porque cuando tenía cinco años me operaron de estrabismo y por aquello de la Ortóptica y la Pleóptica, es decir rehabilitación ocular, las llevé con un ojo tapado intermitentemente.
Así una larga temporada. Después ya no las necesité.
Hasta que...
Todo empieza no con las canas, ni con las arrugas, ni con ese crujido que hace mi rodilla cuando me levanto del sofá. No. Todo empieza con las letras.
Un día cojo el periódico y descubro que alguien ha decidido imprimirlo en un tamaño ridículo. Acerco el periódico a la cara. Nada. Lo alejo. Peor. Busco más luz. Cambio de postura.Sospecho que el problema puede estar en el periódico. Hasta que alguien me dice:
—Necesitas gafas.
Y yo, naturalmente, respondo:
—¿Yo? ¿gafas?
Pues si.
Al principio solo las necesité para leer. Eso creía.
Las dejaba encima de la mesa, junto al libro, y me las ponía con dignidad. Así seguí viendo estupendamente. 
Lo que ocurrió es que las letras, por alguna razón, se iban haciendo más pequeñas.
Después descubrí que tampoco veía bien de lejos. Y ahí empezaron las complicaciones.
Porque unas gafas para cerca son relativamente sencillas: te las pones, lees y te las quitas.
Pero cuando también necesitas ver de lejos, la cosa cambia.
Entonces llegaron las gafas progresivas.
Me dijeron que con ellas podría verlo todo: de cerca, de lejos y, en teoría, a cualquier distancia intermedia.
Aquello me pareció maravilloso. Una sola gafa para todo.

El problema es que nadie me explicó que, para ver bien, tenía que mirar por el sitio adecuado.
Para leer, has de bajar un poco la mirada. Para mirar de lejos, levantarla. Y para las distancias intermedias, buscar una especie de punto mágico que al principio no encuentras ni con un mapa.
Los primeros días parecía que llevaba dos ventanas delante de los ojos y tenía que aprender dónde estaba cada paisaje. 
Miraba la televisión y veía borroso como una película de aquellas de Super 8  que yo hice en los años 80. Bajaba la cabeza y de repente veía perfectamente. Miraba al suelo y parecía que acababa de descubrir la alta definición. 
Pero me acostumbré. Eso creía.

En la actualidad, para encontrar las gafas que acabo de quitarme, ya no hay progresiva que valga. Porque llega también ese momento. Buscar las gafas. Preguntar dónde están las gafas. Tocar al tentón por encima de la mesa, o del tocador o de la cama.
Sin ellas no veo nada. Los prospectos de los medicamentos son un desafío. Los menús de los restaurantes, otro. Leer libros con letra pequeña ni soñarlo. Ahora los leo con una voz que me los dicta para no forzar la vista. 
Y les que... las letras siguen haciéndose más pequeñas.
Hasta que han llegado las cataratas.
Las cataratas consiguen algo que yo creía imposible: hacer que las cosas grandes también se vean borrosas. Las luces empiezan a tener halos. Los colores pierden alegría. Las imágenes parecen estar detrás de un cristal sucio.
Y empiezo a valorar algo que antes me parecía completamente normal: ver.
Ver una cara desde lejos. Ver las letras de cerca. Ver la televisión sin entrecerrar los ojos. Ver un menú sin pedirle a mi pareja que me lo lea.
Y al final, resulta que la historia de mis gafas no es solo una historia sobre no ver bien. Es una historia sobre hacerse mayor.

Justo cuando consigo ver las cosas con claridad, descubro que algunas preferiría no verlas.



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