Maricarmen, anatomía de un desahucio
Maricarmen tenía ochenta y siete años y una llave en el bolsillo que, de pronto, dejó de abrir la puerta de su casa y, con ella, la de su propia vida.
Madrid, con su estómago de asfalto y prisa, devoró las paredes donde ella había aprendido a envejecer, el hogar de sus padres, las baldosas por donde caminaba con su paso cansado, el sol de la mañana que iluminaba, tras los visillos, el rincón de su salón...Dice el parte médico que el corazón dejó de latir. Es frialdad de un diagnóstico técnico.
¿Se muere de pena? SÍ.
Cuando la pena no es una lágrima breve, sino un frío que se mete entre las costillas y no vuelve a salir.
¿Se muere de disgustos? SÍ.
Cuando la dignidad es triturada por el engranaje insensible de los números y los plazos, de los rentistas, de los buitres, y el nudo amargo de la injusticia se clava en la garganta y no deja pasar el aire.
¿Se muere de ansiedad? SÍ.
Cuando las noches se convierten en un recuento de sombras, y el pulso se desboca ante el abismo del día siguiente y el cuerpo, fatigado de resistir, entiende que le van a arrebatar su único refugio en la tierra.
Maricarmen no murió solo por la usura del tiempo. Murió de la grieta invisible que se le abrió en el alma cuando le quitaron su casa; murió de la pena, del disgusto y de la ansiedad, ese dolor que ha apagado su luz y nos ha dejado a todos un poco más a oscuras en medio de la ciudad.
Tengo tanta indignación.
La misma que brota al ver cómo la crueldad se disfraza de opinión o de fría indiferencia ante la tragedia ajena. Es difícil contemplar el dolor de alguien vulnerable sin sentir que el desprecio de esas "bocas cloaca" nos mancha a todos.
Frente a la ruindad que vomita bilis no voy a entrar en su juego —aunque yo también se insultar— tan solo nombraré las cosas por su nombre: falta de empatía, miseria moral, ambición desmedida y la fría barbarie del desprecio.
Quiero recordar lo que ha significado Maricarmen y decir bien alto que su vida importaba, y que su ausencia me va a seguir doliendo por mucho tiempo.

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