La única que sigo viva
Esta mañana he abierto la caja de fotos y me ha parecido que algunas voces volvían a decir mi nombre. Ya se que las fotos no hablan, que son cartulinas viejas y que huelen a polvo y a humedad por los años que han pasado guardadas en el fondo de un armario. Algunas son de color. Muchas son pequeñas, con bordes ondulados, porque la moda de otra época las consideraba elegantes. El papel ya no se ve claro; los blancos han tomado un tono amarillento y los negros se han difuminado.
Todos estamos atrapados en un día que existió.
Miro los rostros uno a uno, sin prisa. Ahí es donde empiezo a sentir su ausencia. Se fueron en un orden que nadie pudo prever: unos de golpe, otros después de una despedida larga y tranquila. Dejaron frases sin terminar, proyectos sin tocar, tazas vacías en la mesa y una declaración de renta recién firmada. Se llevaron sus voces y el acento con que pronunciaban mi nombre. En ningún relato podré describir esa forma especial con la que me miraban. Su ausencia se mueve por los rincones de mi memoria.
Heredé de ellos mucho más de lo que pensaba: sus gestos, sus pequeñas manías, sus frases, sus ademanes.
Hoy soy la única persona viva en muchas fotos. El silencio empieza a llenar más espacio que las palabras.
Recuerdo a mis abuelos, a mis padres y a Puchi, nuestro caniche gris. Era un torbellino de alegría que nos hizo sonreír muchas veces. Parecía intuir con su mirada curiosa que era una parte importante de nuestra felicidad.
Cuando yo no esté, la foto será solo un objeto cualquiera. Mostrará caras sin nombre o una habitación de una casa extraña que ya no recordará que estuvimos ahí.
Sostengo el papel con cuidado. No intento quedarme en la nostalgia ni lamentar lo que el tiempo se llevó; es algo que no se puede evitar. Trato de darme cuenta de la suerte que tuve al coincidir.
Estuvieron conmigo. Respiraron el mismo aire. Disfrutaron del mismo sol. Compartimos muchas cosas.
Con los años, a esta mirada le agrego certezas que antes ni pensaba. La vida pasa muy rápido.
Cuando somos jóvenes, creemos que el tiempo es infinito, que siempre hay mañanas nuevas y de pronto, en un instante, la vida se va demasiado rápido.
Me doy cuenta de que lo importante ya no son los hechos del pasado, ahora valoro la tranquilidad de muchas tardes que parecen no tener importancia.
Mientras este trozo de papel mantenga sus figuras y yo recuerde, la luz de esos días seguirá encendida. Sus rostros quiero que sean mi propio espejo, esperándome al otro lado del tiempo.
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