La amistad


tres mujeres amigas riendo


La amistad es, quizá, una de las formas más complejas de conocimiento. Es imposible llegar a conocer completamente a otra persona, incluso después de muchos años, porque la amistad enseña a convivir con aquello que no se comprende del todo. Cada persona es singular, hecha de recuerdos, heridas, deseos, contradicciones y rarezas que la distinguen de todas las demás. Acercarse a alguien es entrar en ese territorio sin la pretensión de conquistarlo.

La amistad verdadera no nace necesariamente de la semejanza. A veces nace, precisamente, de la fascinación ante lo diferente. Hay personas que piensan de otra manera, que sienten con otro ritmo. Unas son impulsivas y otras prudentes; unas necesitan decirlo todo y otras encuentran en el silencio su forma de expresión. Hay quien llega tarde a las citas, quién se marcha de un arrebato, quien se encierra cuando algo le duele, quien habla demasiado o repite las cosas y quien parece distante. La amistad consiste también en aprender ese idioma particular del otro.
Y están los defectos. Nadie llega a una amistad con las manos limpias de imperfecciones. Tolerar los defectos de alguien no significa justificar su comportamiento ni aceptar aquello que hiere. El carácter de una persona no ha sido diseñado para la comodidad de otra, del mismo modo que tampoco existe nadie hecho a medida de los demás. Hay defectos que pueden comprenderse y perdonarse, pero también existen límites que deben marcarse.

Una amistad verdadera no consiste en encontrar a alguien que dé siempre la razón, sino en poder disentir sin que el desacuerdo se convierta en una amenaza. Quizá una de las mayores pruebas de una amistad sea poder decir "no estoy de acuerdo contigo" y seguir sintiendo que el vínculo permanece intacto.
Las diferencias no tienen por qué ser muros; pueden ser ventanas. Permiten mirar el mundo desde perspectivas que quizá nunca se habrían alcanzado en soledad.
Con las amistades se va construyendo, casi sin darse cuenta, una especie de archivo: palabras, lugares, gestos y anécdotas que adquieren un significado propio. Cosas que para cualquiera resultarían insignificantes y que, para quienes las comparten, contienen una historia entera. Es como si se fuera levantando una casa invisible, habitación por habitación, hecha de recuerdos que solo quienes la habitan saben reconocer.
Tal vez por eso la amistad sea también una de las formas más delicadas de la libertad. Consiste en elegir, una y otra vez, la cercanía sin negar la autonomía. Saber que la otra persona tiene su propia vida, sus otros vínculos, sus silencios y sus caminos, y que nada de eso disminuye necesariamente lo que existe entre ambas. Querer a alguien es dejar una puerta abierta sin vigilar quién entra o quién sale.
No somos mitades que buscan completarse. Somos, más bien, mundos enteros que coinciden durante una parte del viaje y deciden compartir horizonte. Cada persona conserva sus montañas y sus desiertos, sus luces y sus sombras, y aprende a reconocer el paisaje de la otra.

Por eso me sorprende que haya quien, sin apenas conocerte ya te llame amiga.. Existe la cordialidad, la simpatía e incluso esa facilidad contemporánea para acortar las distancias con las palabras, pero la amistad es algo más lento y más profundo. Como el buen guiso, se cuece despacio. Dímelo a mí cuando hago el rabo de toro.
La amistad no puede nombrarse antes de ser construida. Se levanta con el tiempo, con conversaciones, confidencias, silencios compartidos, presencia y pequeñas pruebas que la vida va poniendo en el camino. No basta con recibir el nombre de amigo para que exista una amistad; poco a poco, la experiencia va dando contenido a esa palabra. Hace falta que eche raíces, atravesar juntos la alegría y la dificultad, y comprobar que, después de compartirlas, sigue existiendo el deseo de permanecer.

Y quizá ahí reside la grandeza de la amistad: en descubrir que querer a alguien no significa encontrar a una persona idéntica, sino a alguien cuya diferencia puede respetarse, cuyos defectos pueden comprenderse, cuyas virtudes pueden admirarse y junto a quien es posible seguir siendo, sin miedo, una misma.

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